¿De qué me sirve escribir tanta engorrosa porquería junta?
¿De qué me sirve tanto léxico elevado, tanta palabra bella?
porque honesta y sinceramente, creo, para nada,
pues no existe verso en este mundo capaz de aliviarme…
Y es que mi vida yace hoy en la desgracia y el oprobio;
la deshonra y la indiferencia; la negación, la mentira y la evasión.
La cobardía es, sin embargo, mi más grande madriguera,
pues aún sumido en este vórtice, soy incapaz de acabar con el dolor…
Por más que rezo a los cielos, esto no parece acabar; por el contrario,
crece cada día, junto a mi frustración, y mis ansias de desaparecer.
Ya no queda mucho para mí en este lugar, y quizá en ningún otro,
ya nada me importa, por lo demás, ya nada me ata a existir…
¿Dónde está la redención que tanto anhelo, la tranquilidad que merezco?
pues maldita sea, no la encuentro, ni mucho menos un rastro de ella.
Mi alma se pudre, decae a cada instante, y no le veo buen futuro,
pues si aún la conservo, ha de estar moribunda, ulcerada, agónica, vacía…
Quisiera morir, entonces, y olvidar todas estas vanas cavilaciones,
morir y olvidar, y quizás, renacer, con una segunda oportunidad,
en otro lugar y en otro momento, con la mente casta y apática,
donde nunca crezca, donde sea un niño por toda la eternidad…
Y es que ahora, en este instante, podría estar feliz a tu lado,
como el niño incauto y despreocupado que con afán deseo ser.
Más mi existencia es tan cruda como sarcástica, incluso cruel,
y por más que corro hacia ti, tu corazón se aleja, raudo como el rayo…
Cada segundo que pasa es un martirio, es asfixia inducida,
Es como si exprimieran cada pedacito de vida que hay en mí.
No hay droga en esta tierra capaz de suprimir mis pensamientos,
No hay nepente en las alturas que apacigüen esta, mi anadipsia…
¿Es este, tan bochornoso y taciturno, mi epitafio, mi final?
Pues aunque así lo quisiera, tan sádico e ingrato es mi destino,
que al parecer, aún me depara tropiezos, lágrimas y lamentos,
y que al parecer, sobre mis llagas he de reptar, morir y menguar…