Me ahogo en un tibio mar de llamas furibundas,
arrastrado por corrientes muertas pero eternas.
Y por más que ardo hasta el tuétano de mi alma,
las cadenas de tu mirada ralentizan mi extinción.
Díganme entonces ¿cómo hago para dominar el fuego?
pues por más que conflagro para dominar su fervor,
pareciera que él lo hace conmigo, carbonizándome,
calcinando mi volición, mi decisión y disposición.
Las llamaradas me abrazan y abrasan violentamente,
danzando incansables, despiadadas e inmortales
sobre mis huesos, al son de una melodía sempiterna,
que me envuelve en una fiebre demente e interminable
Y así, sonriendo, confirmo la peor de mis sospechas:
he de arder por eones, hasta el otoño de los tiempos,
rostizándome hasta que sus lentas arenas dejen de caer,
y así soñar despierto esta ardiente agonía color carmesí…
¡Apagaros entonces, astro rey! ¡Apagaros y duerme sin fin!
pues el mismo castigo que con sarcasmo me habéis otorgado,
ahora me condena a no cerrar mis ojos a perpetuidad,
a no soñar ni dormir, a convivir por siempre con las flamas.
Y es que así, escaldándome por siempre y sin cesar,
me he hecho inmune y a la vez, adicto a las llamas del infierno,
al calor sofocante, a mi piel chamuscada, carbonizada y lisiada;
al dolor, al sufrimiento y la frustración que antaño me asfixiaron…