Una terrible inquietud draga cada gota de mi tranquilidad,
me desespera, me vuelve loco y me incita a lo extremo.
Las ideas se me acaban y lentamente se nublan mis opciones,
lo que sólo me guía a las paradojas más absurdas.
Me doy vuelta en necedades; me encierro en un mundo de nada,
una nada eterna y vacía, sin coyunturas y carente de sentido;
un huracán de frustraciones que me enloquece, infecta y destruye,
sobrepasando mis límites de tolerancia y aniquilando mis sueños.
Entonces despierto y descubro que me aferré a vanas esperanzas;
y que por más que llore y ruegue a los cielos, las furias o lo que sea,
nada podrá ampararme ni menos darle sentido a lo que ocurre.
Mi pulso se agita. Estallo en lágrimas. Mas no puedo gritar.
Y es que aunque trate de olvidarlo, todo me lleva a ese momento;
aquel momento en que vi mis ensueños crujir como hojas secas;
el día en que mi corazón se fragmentó en mil partes inertes;
las horas y minutos más largos de mi aún diminuta existencia.
Ya no quiero ver, oír o hablar; no quiero lástima ni compasión;
no quiero razones o sinrazones ni explicaciones ni revelaciones.
En este instante sólo veo una opción que jamás pensé, elegiría.
Lo hago sin dudarlo más, sin vacilaciones o arrepentimientos.
Así, lenta y tranquilamente, el letargo comienza a apoderarse de mí,
debilitando uno a uno mis miembros, mis sentidos y pensamientos.
Ahora, aunque quisiera mirar atrás y retroceder, no tendría razón.
¿Habré optado bien? Es quizás tarde para buscar una respuesta.
Todo comienza a nublarse, obscurecerse, y romper en silencio.
Una larga agonía casi adictiva, aunque cruda e insípida, me sofoca.
Sin embargo, aún los recuerdos me agobian, como fantasmas,
y me persiguen hasta en mi ocaso, haciendo más grande el dolor.
Pero aún no veo la luz ni el final del túnel ni las puertas de oro.
El poder del lucero esmeralda no fue más que una mera ilusión.
No veo ni el resplandor ni las líneas del tranvía ni las llaves doradas,
sólo veo mi caída, mi derrota y el deceso de un alma moribunda…