Hacia allá volamos, navegando cirros y vendavales,
cabalgando sobre las entrañas mismas de la locura;
obsesionados, persiguimos aquella inalcanzable meta,
el edén de mis sueños, el ojo de nuestra tormenta.
Y aunque estemos viviendo bajo la espada de la deshonra
y los férreos grilletes del monótono e insulso día a día,
cuando la voluntad es de acero entonces no hay cadenas,
Ni calabozos ni mazmorras ni prisiones dignas de mi fuerza.
Yo soy nosotros en otra dimensión - en mis dominios -
donde soy tirano, héroe y villano; el oprimido y el opresor.
Es tan simple comprenderlo como difícil explicarlo;
Es tan simple como atreverse a gritar iracundo ¡Quiero despertar!
¡Despertar y bostezar con la libertad que mi corazón pide!
¡Huir de un letargo casi eterno en cronología cósmica!
Así daría rienda suelta a los sentidos y entonces, sentiría,
respiraría, contemplaría, probaría, oiría y por sobre todo, pensaría.
Este es mi mundo, imperfecto, imberbe y díscolo, pero mío;
es el espacio donde puedo destruir y destruirme como me dé la gana,
es un océano donde al sumergirte y ahogarte, disfrutas una cálida agonía,
libre de remordimientos, de preguntas y de fantasmas del pasado.
¿Y que hay de vuestro corazón, tan desprotegido y tan vacilante?
No me cabe la menor duda: Aunque anhelaras la emancipación,
la carencia de braveza y de confianza sólo te cohibiría más,
y contraería aún más tus ataduras, ya no férreas, sino, inmortales.
Así, desde mi nave yo observaré decepcionado - pero en silencio -
cómo el espiral de dejación, flojedad y falta de convicción,
acaba por ejecutarte en una plaza pública, frente a tus iguales:
chusma sin virtud; ciegos, sordos y mudos, al servicio de otro igual.
Y en tu paso de la muerte en vida, a la muerte real,
yo espectaré desde lejos y carcajeando, mas con un nudo en la garganta.
Así me doy cuenta de que somos iguales; no uno mejor que el otro,
Y que tal como me burlé de vuestra modorra, ésta se burló de mí.
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