martes, 19 de abril de 2011

Perdido

Un breve (y lúgubre) relato

Perdido

Estaba perdido. Corría de algo que jamás había visto, pero que aún así, sabía que iba por mí. El crepúsculo ya se había tomado los cielos y una tímida luna menguante era el único esbozo de luz que me acompañaba. Era muy poco lo que se podía ver entre medio del follaje, así que sólo confiaba en mi instinto y mis ganas de sobrevivir. Aún así, a cada galope que daba, sentía su respiración casi rozándome el pescuezo; era una sensación de miedo, de pavor, sólo equiparable a la que sientes cuando eres acechado por un tigre en las selvas del naciente.

Mis miembros estaban exhaustos, mis muslos ardían y mi agitada respiración impedía el flujo suficiente de oxígeno al resto de mi cuerpo. Aún así, sólo me esmeraba en correr. El crujir de las hojas bajo mis pies me ensordecía, y me impedía pensar en otra cosa que no fuese escapar. Quería luchar, quería encarar mi Némesis, pero no podía concentrarme en algo que no fuese huir. Si tan sólo hubiese aguantado hasta el amanecer, todo habría sido tan distinto…

De pronto, un gélido y brutal monzón comenzó a azotar mi mazmorra de hojarasca. El reflejo de la luna, en las gotas sobre las hojas y los rayos que se estrellaban en el horizonte, como dragones a su presa, dieron algo de luz a mis tinieblas; ahora, al menos, corría en una dirección. Nunca sabré si era hacia el bóreo o hacia el austro; hacia el poniente o hacia el levante, pero al menos sí sé que lo hacía en línea recta y no serpenteando, errante y sin destino, como hasta hace unos momentos estaba haciendo.

Más en el horizonte, nada más que floresta podía yo contemplar. Y ni la luz del menguante ni el estallido del rayo ni el reflejo de la lluvia sobre las hojas, coartaron a mi rival. El corría junto a mí. Nunca se había despegado de mí. Y su determinación seguía siendo la misma: dar muerte a esta alma en desgracia. Comencé a pensar que por mucho que huyera, él siempre iba a estar ahí. Quizás debía rendirme. Quizás ése era mi destino. Fue entonces, sobre un charco iluminado por el relámpago, que le contemplé.

Ahí estaba, con su mirada sarcástica y sus grilletes oxidados. No profirió una sola palabra y sólo se limitó a observar cómo me rendía ante la indolencia del destino. Comencé a llorar. Intenté, sin éxito, levantarme y encararlo. Quizás, hasta le hubiese golpeado. Pero no podía. Estaba entumido y desvanecido. Mis pies sangraban y mis músculos estaban desgarrados. El miedo del principio ya no me interesaba. Era el dolor lo que me estaba matando.

Me asomé nuevamente al charco, y el infeliz seguía ahí. Su semblante acusaba un pasado lleno de derrotas y quizás, ahora, buscaba su primera victoria. Los segundos pasaron, el silencio continuaba y su mirada indiferente seguía ahí. Entonces descubrí que esta batalla se definió antes de comenzar. ¡Vete ya, maldito imbécil! –Le digo– ¡Vete ya! mas mis gritos no son otra cosa que alientos silentes e ideas en el plano astral; las cenizas de una llama extinguida hace eones y de un alma encadenada a un pellejo por toda la eternidad.




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