Me hallo circunscrito al caos pandimensional, circulando por parajes que me son ajenos y padeciendo, cautivo, las inclemencias de mi existencia física. No veo a nadie más deambular por aquí. Soy el único infortunado que camina por las estrellas de un universo al que no pertenezco y al que jamás, aunque así lo anhelase, perteneceré. Es una suerte de limbo, una prisión de almas vagabundas; una mazmorra carente de muros y barrotes, y que se extiende hasta la eternidad. Y ese es justo el problema. ¿Para qué quiero yo la eternidad? ¿De qué me sirve caminar sobre los peldaños del infinito, si sólo soy un simple mortal? Aún despojándome de mis dimensiones corpóreas, aún si lograse desfragmentarme en partículas etéreas, toda esta eternidad no bastaría para comprender ni asimilar las magnitudes de un cambio tan trascendental. ¿Qué hago, entonces? Seguiré, pues, merodeando los astros y dialogando con las estrellas; tengo todo el tiempo del universo para hacerlo…
Mi viaje me llevó pronto a la morada del inmortal Kepher, el señor del no-tiempo, culpable de los dolores siderales e interplanetarios a los que estoy sometido; dolores no del cuerpo ni del espíritu; dolores que van más allá de toda comprensión humana. Ni yo, que los padezco en estos momentos, soy capaz de definirlos, ni siquiera por aproximación. Estar aquí es como estar en todas partes y en ninguna a la vez. Puedo ver, en lo que dura la muerte de una estrella, toda mi existencia y la de toda esta región del universo. Y ahí está el titán, aguardando en silencio a que yo le hable, esperando mi apología. Entonces comprendo todo: voy a ser juzgado por una entidad suprema. Y me pregunto, entonces, ¿qué será peor? ¿Será peor que me castiguen y apaguen la llama que le da luz a mi alma, para siempre? ¿O acaso será peor la expiación, que me condenaría, a su vez, a continuar esta travesía sin un origen ni un final? No comprendo nada. Quien me juzga no profiere una sola palabra. Y probablemente no las necesita.
Un nuevo fulgor me destierra a los rincones más olvidados del Tártaro. He sido absuelto de mi viaje por la eternidad, pero condenado al desmembramiento espiritual. El castigo se siente como una molesta picazón, en la que a cada momento que intento rascarme, un trozo de mi alma cae y es fagocitado por los acantilados vivientes de este infierno. Y poco a poco no va quedando nada de mí. Al final, sólo quedan mis ojos, flotando en medio de una atmósfera de gritos y gases pestilentes. Todo esto es horrible, pero quizás sea mejor que cabalgar sobre quasares, descansar por eones en galaxias más lejanas que los límites de la imaginación e interpelar deidades indolentes. Quizás todo esto fue un privilegio, pero un simple humano como yo, no está preparado para ello. Finalmente, un pálido y esmirriado encapuchado mutila lo que queda de mi existencia. Sólo quedó mi sombra, dibujada en los peldaños que dan la bienvenida a las puertas de la locura, y mi recuerdo, en los cálidos y ensangrentados grilletes de la desolación.
miércoles, 25 de mayo de 2011
Retribución
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