miércoles, 24 de agosto de 2011

El Santuario de las Aves

Hoy, miércoles 24 de agosto, tuve un extraño sueño. Al despertar, pensé que hace mucho que no escribo algo, así que puse manos a la obra y escribí lo que más recordaba del episodio onírico. Éste es el resultado, ojalá sea de vuestro agrado.

El Santuario de las aves

El lugar estaba cubierto de árboles. Cada uno de ellos albergaba una especie diferente de aves y a cada uno de ellos me acerqué y le sacudí; cada vez que lo hacía, las bestias voladoras se exaltaban y abandonaban el follaje en el que se habían cobijado. Y cada vez que esto ocurría, sentía como si todos los pájaros fuesen a atacarme al mismo tiempo. Cuando ya iba en el quinto árbol, comencé a arrancar: las aves, finalmente, decidieron perseguirme.

Había de todo: gorriones, papagayos y tucanes; mas no recuerdo haber visto ningún ave de rapiña. Lo que si recuerdo es cómo me bombardeaban; ¿me habrían visto cara de excusado? Luego, un jabalí que ahí estaba, quizás por qué razones, comenzó a depredar en los pájaros que aterrizaban. Y si no estaban en la superficie, daba unos graciosos brincos que al menos le servían para devorar a las aves que estaban cerca de ella. La escena era grotesca, pero simpática a la vez.

Entonces, luego de disfrutar el panorama, me pregunté ¿qué demonios hago acá? ¿Cuándo aparecí en esta selva? Y luego descubrí que no era una selva, pues al llegar al último de los árboles, había un largo, quizás interminable, muro de concreto, que de selvático nada tenía. Comencé a hacer memoria. Recordé que unos momentos antes, estaba yo en una suerte de fortaleza espacial, cargando un arma e intentando dispararle a un maldito que se movía tan rápido como un escualo en el mar. Y eso que, además, el tipo portaba un pesado traje espacial de color azul que, supongo, estaba hecho de metal.

El sujeto me había embestido a mí y a un desafortunado que me acompañaba. Mi humanidad saltó lejos, y supongo que quedé inconsciente y por ello acabé en el bosque de las aves. Es posible que, entonces, el episodio de las aves no haya sido más que un sueño. Pero de ser así, entonces mi realidad era horrible: me esperaba la muerte a manos de un mercenario intergaláctico. Me esforcé y puse toda mi energía vital, toda mi energía psíquica, en lograr que el sueño fuese la vida y la vida, en la que peligraba mi existencia, se convirtiese en el sueño.

No sé cómo, pero más tarde lo logré. Al llegar al muro que definía los límites del bosque de las aves, me di cuenta que era el mismo muro del coliseo de los caballos por el que pasé tantas veces en mi juventud, antes de llegar a las aulas; una pandereta blanca, con la pintura ya desgastada por el paso de los años. Luego, desperté. Tengo la impresión de que el muro mismo marcaba el fin de ese sueño. Una vez que salí del letargo, pude ver que aún estaba frente al tipo del traje azul.

Recordé, entonces, mi plan de convertir esa realidad en un sueño. Mi actividad metasináptica se incrementó al máximo y luché por detener las arenas del tiempo. Cuando el sujeto me embistió nuevamente, di con un enorme ventanal que separaba la fortaleza del espacio sideral. El impacto destrozó el cristal y comencé a viajar por el vacío. Fue ahí cuando logré huir. Fue ahí cuando logré transformar esa realidad en un sueño y desperté en otra.

Aparecí en la primera casa en la que había vivido. Y había una celebración. Algunos estaban en la terraza, compartiendo un trago frente a la parrilla. Otros conversaban sobre la vida en la cocina. Y yo estaba solo, recostado en el sofá. Sentí alegría, pues me había librado de flotar en materia oscura por toda la eternidad. Me levanté y me dirigía la letrina de esa casa. Estaba ocupado. Esperé, y cuando se abrió la puerta, pude ver al asesino interplanetario del que había estado huyendo. Todo había sido una farsa: el santuario de las aves y mi papel en un conflicto galáctico no eran sino recuerdos de momentos anteriores. Nada de ello había un sueño como tal; sino vestigios del pasado, evocados quizás por qué razones.

Comprendí que de ahí no podría escapar. No podía hacerlo sin tener que dar explicaciones a todos los asistentes a la parrillada. Y no quería hacerlo. No quería deshacerme en excusas, pues nadie me comprendería. Era como si todos hablasen un idioma distinto al mío. Se me ocurrió que todo aquello bien podría haber sido un sueño; que sólo era un guión más escrito por mi inconsciente. Afortunadamente, conozco el final de cada uno de esos guiones. Encaré al tipo –que a todo esto, se parecía mucho a mí- y lo mandé a la mierda. Ya no tenía miedo, pues aún si estaba equivocado y todo ello no era un sueño, al menos no era real. Y entonces, así sin más, desperté.


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